Los relojes mecánicos sólo hicieron su aparición en Europa en los últimos años del siglo XIII. Con precisión, se sabe de mecanismos para medir el tiempo, a los que podemos considerar como relojes en el estricto sentido del término, que datan del año 1290. La industria relojera entró en una rápida evolución en los siglos finales del medievo, los renacentistas y los primeros de la edad moderna. Al predominar en ese entonces una profunda religiosidad, manifestada plenamente en la construcción de las gigantescas catedrales góticas por toda la geografía del occidente europeo, la incipiente relojería pronto quedó vinculada a las manifestaciones externas del culto al Creador. A la de por sí compleja ornamentación arquitectónica de las catedrales góticas y de los demás estilos que se sucedieron, se añadió un nuevo elemento: el reloj. La gran mayoría de estos recintos dedicaron los espacios necesarios en una o las dos torres o la portada para estos ingenios, desde por lo menos la segunda mitad del siglo XIV. Por ejemplo, hacia 1389 la catedral de Ruán, en el norte de Francia, ya contaba con un reloj integrado a un mecanismo de sonería compuesto por campanas que indicaban no sólo la hora sino incluso los cuartos de hora. En la colocación de relojes públicos tuvieron prioridad las catedrales por ser los templos principales de las diócesis. Pero, no por ello dejaron de proliferar estos mecanismos en otros recintos públicos y privados, como las sedes de los Ayuntamientos y Comunas, especialmente en los países que llevaron a efecto la Reforma religiosa; interpretándose esto como un reto del poder civil a la otrora omnipotente Iglesia Católica. La presencia de los relojes en los recintos religiosos obedeció desde un principio a manifestaciones internas y externas del culto. Los mecanismos medidores de tiempo simbolizaban, esencialmente, la distribución de las horas por parte de los hombres, dando prioridad a las destinadas a la adoración de Dios. Por otra parte, los relojes mecánicos colocados en las catedrales tenían funciones prácticas como las de indicar los momentos en que los fieles deberían de proceder a la oración colectiva. Particular importancia se daba a las horas del Ángelus, que antaño se realizaba en tres oportunidades durante el día: madrugada, mediodía y atardecer. Durante el proceso de colonización de América, entre los siglo XVI, y XVIII, se llevó a efecto la construcción de las majestuosas catedrales, sedes de las nuevas diócesis creadas por la Iglesia Católica para implantar, propagar y consolidar la doctrina de Jesucristo. Estos magnos recintos fueron concebidos en su gran mayoría para contener relojes con idénticas funciones a sus homólogos del Viejo Mundo…